Monday, August 16, 2010

Engañada...

                                Y dijo la mujer, La serpiente me engañó, y comí.
                                                    Génesis 3:13b

Engañada.  "Eva, has sido engañada."  Tomé asiento lentamente en el borde de mi cama, mientras trataba de discernir lo que había escuchado.  Estaba sin habla.  Me sentía anonadada.  ¿Será verdad? ¿Habré yo escuchado bien?  El silencio era la certeza que lo que había escuchado era cierto.  ¿Como podía ser posible?  Por tres años esa era mi verdad.  Yo tomé decisiones y alteré mi vida basada en ese engaño.  En mi mente resonaba;" Has sido Engañada."  Lloré sin consuelo.  El dolor y la pena tomaron control, mientras que en el silencio me preguntaba, como iva yo a vivir ahora.  Durante los próximos días la angustia y el dolor estaban presente constantemente.  Yo cumplía mis obligaciones sin que nadie se diera cuenta que mi alma estaba repleta de angustia y mi corazón quebrantado.   En mi mente solo habían preguntas.  ¿Como era posible que no me dí cuenta?  Mis sentidos, mi intuición, mi corazón, todos me decían que era cierto.  ¿Podría yo confiar en mí misma de nuevo? ¿Como iva a vivir de aquí en adelante?

El costo de haber adoptado esta falsa verdad era una vida en agonía.  Yo perdí empleos, reputación y credibilidad ante mis compañeros.  Mis años de trabajo y esfuerzo habían sido en vano.  Tanto mi familia como mis finanzas, habían sido afectadas.  Yo fuí malentendida, desechada, juzgada y condenada.  Como este engaño era mi realidad, mis respuestas eran sinceras.  Yo ofrecí amor, respeto, sufrimiento, dolor, y llanto.  Al paso del tiempo, la soledad y el aislamiento se convirtieron en mis compañeros.  Así que no fué una sorpresa, cuando me encontré sentada junto al estanque que está en Betesda; Juan 5:1-9.

Durante los primeros días en Betesda, amistades me visitaban.  Disimuladamente se preguntaban, como era posible que yo estuviera en ese lugar.  Con el tiempo, dejaron de venir a verme.  Yo no los culpaba, pues quien quiere visitar tal lugar, lleno de dolor, angustia y enfermedad.  El Señor era el que siempre estaba presente.  El se encontraba pendiente de mí, mientras que yo me pasaba el día esperando que las aguas fueran agitadas, para poder sanar.  Pero las aguas nunca se movían.  Mis oraciones durante esos primeros días eran siempre las mismas; "Señor, ¿No te das cuenta de mi dolor?"," Señor, ¿Porqué no intervienes?", "Señor, ¿Cuando voy a sanar?"

Pero el tiempo pasaba y mi dolor y sufrimiento aumentaban.  Me dí cuenta que no podía proceder sin ayuda.  Le rogué al Señor, que me ayudara a cargar la cruz,  que me diera fortaleza, pues ya no podía soportarla.  Y así el lo hizo.  Como el Señor es tan bondadoso, trajo personas a compartir conmigo durante mi estadía en Betesda.  Mis visitas, me hacían reir, me daban apoyo y me hacían olvidar donde me encontraba.  Pero al final del día volvian a su vida, y yo me quedaba sentada cerca del estanque que estaba en Betesda.  Ahora yo tenía un gran consuelo, mi Dios era mi compañero constante.

En la vida uno se acostumbra a todo.  El estanque de Betesda se convirtió en mi hogar.  En su gracia mi Dios  me otorgaba fortaleza para cumplir con mis actividades y compromisos.  Al final del día, miraba a mi alrededor y gemía de dolor pues todavía me encontraba en el mismo lugar, esperando.  El Señor me consolaba y secaba mis lágrimas.  Creo que esos fueron los primeros indicios en mi proceso de sanar.  Nunca fué con el agitar de las aguas como yo pensaba, sino que el Señor me iva sanando con su presencia constante.  El me permitió obtener victorias, dandolé validez a mis habilidades y destrezas.  Le dí la honra y la gloria pues reconocía que todo venía de él.  Finalmente, se sentó conmigo a remover las capas de mi engaño  y a mostrarme las verdades que me había revelado através de las escrituras, la naturaleza y mis amistades.  Poco a poco fuí fortalecida.  Mi Dios me consoló.  Sin embargo, continuaba en mi dolor, lamentando la vida que había perdido y que me llevó a Betesda.

Los meses se hicieron años y yo seguía sentada al lado del estanque de Betesda.  Un día noté que los que estaban a mi alredor se agitaban.  Alguien entró por el pórtico.  Cuando miré, era mi Dios.  Caminaba hacía mi con determinación y me miraba con amor en sus ojos.  Reconocí que mi estadía en Betesda, habia llegado a su fin. ¡Mi Dios vino por Mí!  Me tomó en sus brazos y me llevó con él.  Cambió mis vestidos de lágrimas a gozo; Salmo 126:5.  Me pasé días en sus brazos siendo consolada.  Mientras hablamos, me dí cuenta del poco entendimiento que tenía de él.  El me motivó a estudiar más su palabra, pues en ella encontraría muchas de las respuestas a mis preguntas.  El estudiarla se convirtió en mi prioridad, pues mi Dios me había consolado, sostenido, fortalecido y animado durante mi estadía en Betesda.  Con el tiempo, acepté que había sido engañada, y entedí las maneras que el enemigo había utilizado para lograr su propósito.  Reconocí la verdad y la Verdad me hizo libre.

                                                  Con todo, yo me alegraré en Jehová, 
                                                  Y me gozaré en el Dios de mi salvación.
                                                  Jehová el Señor es mi fortaleza,
                                                  El cual hace mis pies como de ciervas,
                                                  Y en mis alturas me hace andar.

                                                          Habakuk 3:18-19

Yo, Eva, alteré mi vida, y mi Dios me alteró a Mí.


Copyright 08/2010

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